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Dos orejas de poco peso en una tarde amable y triunfalista en Las Ventas

Dos orejas de poco peso en una tarde amable y triunfalista en Las Ventas

01 Mayo 2018

Madrid. Novillos de Antonio López Gibaja, desiguales de presentación y juego. Destacaron tercero y sexto. Noble y sin raza, el primero; flojo y la defensiva, el segundo; bruto y sin clase, el cuarto; noble y apagado, el quinto.



Amor Rodríguez, de tabaco y oro: estocada desprendida (ovación); dos pinchazos, estocada habilidosa, dos descabellos y el novillo se echa (silencio tras dos avisos).

Pablo Mora, de verde oliva y oro: gran estocada (oreja); pinchazo y estocada honda delanterilla y atravesada (palmas).

Francisco de Manuel, de turquesa y oro: estocada trasera y desprendida (oreja); casi entera atravesada y dos descabellos (aviso y vuelta al ruedo tras petición).

La plaza registró casi un tercio de entrada (7.789 espectadores según la empresa) en tarde soleada y agradable.

LA VERBENA DE LA PALOMA

Con incredulidad, tristeza e, incluso, enfado salieron hoy los pocos que quedan de la vieja guardia de Las Ventas, aquellos que siguen tratando de salvaguardar la exigencia de una plaza totalmente a la deriva, convertida ahora en una más del circuito en la que se regalan orejas y se aplaude cualquier cosa.

El supuesto templo de la tauromaquia ha perdido definitivamente el norte y, por supuesto, su estatus de primera del mundo. Está visto que cortar orejas en Madrid es igual de fácil que hacerlo en cualquier pueblo de España. Y nadie se ha parado a pensar que si Madrid claudica, la fiesta se va al garete también.
 

Y todo esto viene a cuento por el triste y triunfalista espectáculo vivido hoy, en el que se cortaron dos orejas que, en otros tiempos, hubieran sido como mucho sendas ovaciones con saludos, ni siquiera una vuelta al ruedo.

Pero se cortaron gracias a un público en las antípodas del otrora aficionado venteño, convertido ahora en una parroquia de aplauso fácil y de olés sin ton ni son, de esos que celebran la aparición de los alguacilillos antes del paseíllo o cuando los mulilleros se hacen también presentes en el ruedo antes de cada arrastre.

Los mismos que solo protestan cuando el animal pasa por el caballo -le den fuerte o no- y los que siguen pidiendo la música en una plaza donde no suena un pasodoble durante una faena desde que acabó la Guerra Civil, o, lo que es lo mismo, desde 1939, lo que quiere decir que ya han pasado años suficientes para informarse. Así está el la panorama. Lo dicho, la verbena de la Paloma.

La primera orejita la cortó el debutante Pablo Mora al segundo, un novillo manso y sin fuerzas, cuyo paso por el caballo fue mero trámite, y que, como no podía ser de otra forma, no sirvió para la muleta, demasiado agarrado al piso y a la defensiva.

Y la faena del madrileño no pasó de los simples detalles, algunos muy buenos como dos o tres naturales de excelente trazo, y, sobre todo, un soberbia espadazo, quizás a lo que se agarró el presidente para hacer valer el viejo dicho de "una oreja por una estocada" y conceder así un trofeo de lo más barato a tenor de los méritos de la faena, quede dicho que por falta de enemigo.

Si llega a meterle la espada al noble y apagado cuarto seguro que le hubieran pedido otro trofeo por otra faena de fogonazos aislados. En su favor hay que decir que no tiene mal corte este novillero, habría que verle con oponentes más propicios.

Viendo como estaba el panorama, el otro debutante de la tarde, Francisco de Manuel, sabía que con poquito que hiciera se podía llevar también el gato al agua. Como así fue. Cortó la oreja del tercero por una labor voluntariosa, animosa, de las de estar "en novillero", aunque en lo artístico poco o nada pudiera resolver.

No hubo ni una serie compacta, todo demasiado tropezado -desarmes incluidos- y faltaron más sosiego y menos prisas. Pero dio igual, incluso que la espada se le fuera una cuarta abajo. La gente ya había entrado en el bucle del todo vale, y así cayó el trofeo.

El público volvió a ponerse como loco con él tanto en el tercio de banderillas como en un eléctrico inicio de hinojos. Pero en lo fundamental se le ve que le falta rodaje, aunque, eso sí, a voluntad y entrega no le gana nadie. Y, para rematar la tarde, casi corta otra oreja con una estocada de cualquier manera y dos descabellos.

El peor parado de la tarde fue Amor Rodríguez. El torrejonero diseñó una labor tan correcta desde el punto de vista técnico como fría e insulsa al noble y desrazado primero; pero peor fue lo del cuarto, un animal bruto y sin clase con el que le entró la congoja a raíz de un susto mediada la faena, librándose después de milagro del tercer aviso.

Javier López - EFE


 



 






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